como un águila

25032018

Corrían tanto que la mayoría de las veces era imposible alcanzarles. Pareciese que se habían puesto las plumas del águila o la piel del leopardo. A veces en sueños creía alcanzarles y corría junto a ellos.

Corrían solo de noche, cuando cerraban los bares del bop. De repente un calambre sacudía todo su cuerpo y no podían dejar de correr. Subían las colinas antes del amanecer con la excusa de saludar al sol. Sé que en realidad solo querían aplazar la despedida. Prolongar el encuentro. Mantener la carrera.

Las noches en que me dejaban correr junto a ellos sentía como el aire fresco del amanecer cortaba mi cara. Miraba atrás y veía la niebla sobre la bahía. Las luces de los barcos durmientes acunados por la luna. La ciudad dormía mientras el ruido de las botas resonaba en el asfalto. Solo mi respiración acelerada, el corazón desbocado como las zancadas inmensas de los corredores.

Iba tras ellos a duras penas. La colina se me antojaba eterna bajo la noche y los fantasmas comenzaban a aparecer. Pese a todo corría. Quería estar ahí y saludar al sol saliente entre la bruma. Sabía que lo lograría pero mi pulso acelerado indicaba lo contrario. Ignoré las señales del cuerpo y seguí corriendo imaginando que era como ellos un águila o un halcón.

Imaginaba que llegaba a la cima y brindábamos románticamente con latas calientes de cerveza. Escuchaba sus palabras de ánimo y los silbidos. No había fin, corrían ligeros como si no hubiese pendiente y en la cima estuviese el paraíso. Tenía que haberme negado a subir. Les estoy retrasando pensé cuando de repente caí.

Mis manos comenzaron a arder y mientras notaba la sangre en las rodillas vi aparecer mi sombra.


Fotografía Víctor Vélez