en el 2007

Han pasado más de 11 años desde que fuimos a la estación de tren de Nuevos Ministerios en Madrid para comprar nuestro billete Interrail. Más de 11 años desde que compramos nuestra actual mochila de viaje, el saco de dormir para los albergues y la cantimplora metálica.

Ha pasado tanto tiempo desde que un único billete de tren derribó el muro del desconocimiento.

Más de 11 años desde que descubrimos los paisajes de Europa tras la ventana de sus ferrocarriles. De lavarse el pelo en una fuente, los dientes en cualquier bar, de aprender a dormir en cualquier tren.

Comparamos trenes, personas, estilo, riqueza, nivel de vida. Éramos jóvenes con los ojos abiertos. Más abiertos que en cualquier clase de geografía, historia o sociología.

Las horas en los trenes sin prisa y sin responsabilidad son altamente productivas y permiten la reflexión. Aunque también vivimos el miedo y la alegría.

Me pregunto si hubiésemos sentido el mismo temor si hubiésemos sido 4 chicos y no 4 mujeres. Pero sé que ellos no hubiesen cargado con la misma mochila llena de prejuicios, advertencias, negativas e historias. Un equipaje que aún 11 años después a veces tenemos que cargar. Porque las historias lamentablemente siguen siendo realidad. Pero, ¿eso nos va a encerrar?

La calle también es nuestra.